Por Andrés Díaz Bermúdez.
La tormenta mediática que TKO ha vivido en los últimos días es resultado de sus acciones. El conglomerado que está detrás de WWE y UFC ha colmado la paciencia de muchos aficionados tras anunciar que no renovará los contratos de R-Truth y Carlito. Boletos con precios exorbitantes, decisiones incomprensibles y una codicia desmedida por anteponer el dinero a todo lo demás sonla fórmula de este caos que envuelve a la firma creada tras la venta de WWE a Endeavor en 2023.
No me sorprende que TKO busque beneficios económicos. Seamos realistas: los fanáticos que seguimos la lucha libre vemos a WWE como una promotora de este deporte-espectáculo, pero los de cuello blanco solo ven un negocio, una máquina de hacer dólares. Vivimos en un mundo mayoritariamente capitalista, y los inversionistas harán todo lo posible por maximizar sus ganancias. Y esto no es ninguna novedad. Quienes vieron el documental de Vince McMahon en Netflix saben que el exjefe de la junta directiva tenía una filosofía despiadada: si algo podía hacerse por dinero, se hacía.
Sin embargo, sigue siendo incómodo ver cómo se sacrifica algo tan importante para los aficionados solo por obtener más rédito económico.
Tras los años oscuros de Vince McMahon en el plano creativo —y sus repudiables escándalos—, muchos vieron con buenos ojos la llegada de Endeavor como nuevo propietario de WWE. La empresa ya había ganado prestigio al convertir a UFC en la marca más reconocida de las MMA. Durante algunos meses todo pareció marchar bien, pero con el tiempo muchos se decepcionaron. Una de las principales críticas ha sido la invasión publicitaria. Los tiempos en que la lona del ring lucía impoluta terminaron; ahora está cubierta por los logos de múltiples marcas. En honor a la verdad, esto no me parece particularmente inusual. De hecho, aunque no soy seguidor de la UFC, cuando he visto algún combate, es evidente la cantidad de patrocinios presentes. Ya estamos acostumbrados a la publicidad. Lo que ha molestado a muchos, como bien apuntó Lorenzo Ayuso en el podcast Último Hombre en Pie del pana Alejandro Gómez, es que la transición hacia esa comercialización no ha sido gradual, sino de golpe.
Otro motivo de enojo ha sido el precio de los boletos para eventos de menor convocatoria, como los PLE de NXT. En redes sociales, varios usuarios han comentado que los precios aumentaron entre los 150 y 200 dólares por el mismo tipo de asiento que, hace unos meses, costaba menos. Aun así, parece que la estrategia está funcionando: TKO se embolsó 13 millones de dólares entre marzo y abril de este año —para ser exactos, entre el 22 de marzo y el 4 de abril—, según el portal Post Wrestling. Además, TKO se ha vuelto un negocio atractivo para los inversionistas. El portal Investing afirma que la empresa “está bien posicionada en el segmento de entretenimiento en vivo impulsado por superfans”.
También ha fortalecido su músculo económico en otros ámbitos. Por ejemplo, ESPN reportó que TKO es uno de los diez posibles inversores en la nueva liga de flag football de la NFL. Además, el conglomerado ha firmado un acuerdo con el gobierno de Arabia Saudita —cuestionado por su historial en derechos humanos— para lanzar una nueva promotora de boxeo. Vale recordar que Arabia será la sede de Royal Rumble el próximo año.

Pero quizá el aspecto que más ha molestado es el trato al talento. TKO abordó con suma frialdad los despidos recientes. R-Truth y Carlito durante años fueron utilizados como alivios cómicos, aceptaron su rol, nunca se quejaron y dieron lo mejor de sí. Hace unos meses escribí un artículo en el que defendía porque Kevin Owens merecía volver a ser campeón mundial, y uno de mis argumentos fue: “WWE suele premiar a aquellos luchadores que han sido leales a través de los años”. Hoy, ya no estoy seguro de eso.

Veremos lo que sucede con WWE en el futuro. De momento, no pinta muy feliz la cosa.

